REVIEW: "Una pastelería en Tokio (2015)" By: Hikari.

Toca reseña nueva y nuestra gurú del cine japonés Hikari nos trae la película conocida en España como “Una pastelería en Tokio” (“Sweet bean” en el resto del mundo y que resulta un título bastante más apropiado). Obra de la directora Naomi Kawase, en adaptación de la novela de Durian Sukegawa y con la que disfrutaría por primera vez del favor mayoritario del público.

Nuestra historia gira alrededor de una tiendecita de dorayaki (el popular pastelillo japonés, habitual entre escolares y comúnmente relleno de una pasta dulce de judía roja conocida como “an”o “anko”). Sentaro (Nagase Masatoshi) es el encargado del establecimiento y va pasando allí sus días monótonamente, entre el mostrador y la plancha de cocina. Lo acompaña Wakana (Kyara Uchida), una estudiante de secundaria que parece haber encontrado en el pequeño local un refugio a su desarraigada vida. La primavera comienza ya a inundar cada rincón de la pequeña tienda con sus pétalos de cerezos en flor ante la indiferencia de ambos cuando Tokue (Kirin Kiki), una anciana de 76 años de aspecto frágil, entra para solicitar el trabajo a tiempo parcial que se oferta en la puerta.
Detengámonos un momento para hablar de Tokue. Ella es el personaje que domina y significa toda la película. Kirin Kiki dibuja con exquisita delicadeza y cuidado la pureza y la ingenuidad social de Tokue. Muestra los efectos del aislamiento y el de sus heridas que nacieron por la discriminación y el prejuicio; y nos creemos totalmente a esa anciana en su diálogo íntimo con la naturaleza.
Con más de 50 años de carrera en su haber, una larga lista de reconocimientos y la devoción fiel del público, Kirin Kiki ya sabía que enfrentaba la recta final de su propia vida cuando encarnó magistralmente a Tokue. Más tarde la vimos despedirse con honores como la inolvidable abuela de “Shoplifters” (“Un asunto de familia”) en la que sería su sexta y última película a las órdenes de Hirozaku Kore-eda. Pocos meses después se iría también Etsuko Ichihara, a la que disfrutaremos en un papel más breve pero singularmente emotivo. La actriz con más de 100 obras en su larga trayectoria profesional dentro y fuera de las cámaras (ella fue la voz de nuestra abuelita de “Your name”) era, al igual que Kirin Kiki, un referente en muchos aspectos y si por algo esta película debería ser recordada es por habernos regalado la que fue su primera y única vez juntas en escena.
Y ahora que hemos rendido tributo a estas dos grandes luces del cine japonés, vamos a hurgar un poco en el contenido de la obra de Naomi Kawase. Y empecemos recordando que la directora ha sido históricamente más celebrada por la crítica especializada que por el público generalista. Su especial talento para tejer realidades en forma de pequeños retazos de vida y darles la apariencia de existir alejados de cualquier intención comunicativa no es de las que despierta los mayores entusiasmos dentro de las salas de cine. Se ha afirmado de ella que era una alumna aventajada de Yasujiro Ozu y que estaba llamada a materializar los ideales del mítico creador que aspiraba a mostrar toda la complejidad de la sensibilidad humana sin hacer que sus personajes rieran o lloraran, y ciertamente a eso apuntaba. En esta ocasión en cambio, quizás por la tarea propia de adaptar una obra ajena o incluso antes que eso, porque reivindicarse como “autora de culto” resulta menos agradecido de lo que pueda parecer desfilando por las alfombras de los grandes festivales, nuestra “Pastelería en Tokio” no apela a la intuición del espectador en la distancia, sino que alude directamente a sus sentimientos profundos y si hubiera que emparentar esta obra con alguna escuela cinematográfica, probablemente la del suave humanismo de Kurosawa sería el que mejor le encaja . Al menos, parece obvio trazar paralelismos con la genial “Ikiru” (“Vivir”) de 1952, aunque el uso que hace Kawase de las secuencias temporales y la narrativa causal, discurre por caminos bastante más comunes. Con todo, la directora sigue haciendo valer su fascinante habilidad a la hora de dar una “dimensión sensorial” a sus obras, y es que su defensa existencialista de la vida que vemos y escuchamos cada día se arropa de manera muy efectiva en las imágenes de paisajes que van cambiando a merced del suave paso del tiempo y que consiguen atraparte y te enredarte en su historia. Quizás falte la mirada curiosa e inquieta de la cámara que nos conquistó otras veces, pero la sensación todavía es fresca, tiene fuerza y comunica.

Y me dejo para el final lo que para mí fue lo más enriquecedor de la obra y es disfrutarla como una experiencia puramente auditiva. Habitualmente vemos películas en las que los sonidos de la vida se ocultan bajo hermosas y efectistas bandas sonoras, pensadas para realzar todo tipo de emociones, pero aquí estamos ante una obra creada bajo la premisa “cada cosa que hay en el mundo tiene una historia que contar” y Kawase apuesta por crear un entorno sonoro con esas voces. La película va dejando fluir la historia del sonido del viento, del agua, el de la vida judías que forman la deliciosa pasta roja, el de las charlas cotidianas, el de los rumores maliciosos, el de la incomprensión, el de la superioridad, el del silencio de los que han sido reprimidos y el de la discriminación y el prejuicio. “Nacimos para ver y escuchar el mundo” nos aseguran. La película también nos lo muestra.

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1 comentario:

  1. Pinta muy bien, y tal como la explicas seguro que vale la pena verla.

    Saludos.

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